La desgracia de Nicolás Maduro no despierta compasión: es el desenlace lógico de un poder ejercido con crueldad, impunidad y desprecio por la dignidad humana.

“Quien a hierro mata, a hierro muere” no es una frase moralista ni una amenaza divina: es una constatación histórica. El tiempo, tarde o temprano, enfrenta a cada uno con las consecuencias de sus actos. El poder puede aplazar el juicio, pero no cancelarlo; quien gobierna desde el abuso termina probando su propia medicina.
Ver hoy a Nicolás Maduro, exdictador de Venezuela, encerrado en una celda como una “fiera” peligrosa podría despertar compasión. Pero el peso de su crueldad la anula. La imagen de un hombre poderoso derrotado, aislado y sometido a reglas estrictas suele generar lástima; la misma que él nunca sintió por miles de personas recluidas en centros de castigo —que no cárceles— como El Helicoide, en Caracas, donde no se impartía justicia, sino que se imponían vejámenes y tratos inhumanos para quebrar la voluntad de quienes disentían del régimen. Ese sistema de humillación y abuso no fue un exceso ni una anomalía: fue política de Estado. Y esa memoria no se borra.
Un poder que necesita torturar para sostenerse ya está derrotado. Por eso, su presente no genera lástima: genera una sensación de justicia tardía. No perfecta, no completa, pero justicia al fin.
El horror tiene nombres y rostros. Alberto Trentini y Mario Burló, ciudadanos italianos detenidos injustamente durante catorce meses, narraron el calvario vivido bajo la dictadura de Maduro: dormir en el suelo, entre cucarachas, en celdas casi a oscuras; sometidos a tortura psicológica constante, sin información ni contacto con el exterior, mal alimentados y humillados día tras día. Ante ese testimonio, cualquier intento de compasión hacia quien ordenó o permitió ese sistema se desvanece.
¿Cómo llegó hasta aquí un hombre que lo tenía todo? Poder absoluto, lujos obscenos, palacio presidencial, escoltas, aviones, seguridad total. Durante años vivió convencido de que el poder era eterno. Hoy, su realidad es otra: encierro casi permanente, aislamiento extremo, una celda mínima, comida básica y silencio. Sin privilegios, sin corte, sin aplausos. Nada queda de la opulencia que exhibió mientras Venezuela se hundía.
La soberbia fue su rasgo dominante. Se creyó intocable. “De aquí no me sacan”, repetía desde Miraflores mientras desafiaba al mundo. Se burlaba de Donald Trump, a quien llamaba “el pelucón”. Ridiculizaba a María Corina Machado, a quien apodaba “la Sayona”. A Edmundo González lo trataba de cobarde y lo retaba públicamente: “venga por mí”. A los perseguidos les cantaba que se irían para Tocorón. Bailaba, hacía payasadas, improvisaba chistes malos y hablaba con un aire de superioridad que rozaba lo grotesco.
Esa soberbia retórica se sostenía en el saqueo del tesoro público: relojes de lujo, barras de oro, cuentas millonarias en el extranjero, propiedades y mansiones ostentosas. Una fortuna mal habida, construida sobre el despojo de un país empobrecido, el colapso de los servicios públicos y una economía devastada. Mientras millones emigraban, el poder acumulaba.
Hoy, en la soledad del encierro, enfrenta algo que nunca conoció: el límite. Los días se alargan mientras se aproxima un proceso judicial que apenas comenzará este 17 de marzo. Reducido a un número dentro del sistema penitenciario estadounidense, es probable que se pregunte quién lo traicionó: si fueron los más cercanos, si fue el sistema que creyó controlar o si fue su propia soberbia.
Ahora verá que el dinero ya no compra poder ni libertad. Ya no hay cadenas nacionales, ni multitudes forzadas a aplaudir, ni discursos interminables. Solo reglas, tiempos y silencios. Y la certeza de que nada de lo acumulado garantiza impunidad.
Maduro se suma así a la lista de dictadores que creyeron estar por encima de la historia y terminaron condenados por ella: Gaddafi, Noriega, Hussein, Somoza, Ceaușescu. Hombres que confundieron poder con eternidad. Pudo elegir otro camino. Incluso se le ofreció un exilio cómodo que habría facilitado una transición democrática y evitado más sufrimiento. Lo rechazó. Prefirió aferrarse al poder.
Hasta que le llegó su mala hora. Y no vino Edmundo González, sino un comando élite que lo capturó y lo extrajo de Venezuela. Dicen que la soberbia precede a la caída y que, cuando Dios quiere destruir a un hombre, primero lo vuelve soberbio. Subestimó a los estadounidenses y hoy paga caro ese exceso, no por revancha sino por consecuencia: porque, al final, la soberbia siempre pasa factura.
