Por: Nicolás Alberto Lubo Matallana*
Mucho antes de la llegada de los perleros de Cubagua, el territorio que hoy es Riohacha estaba habitado por el pueblo wayúu, heredero de antiguas migraciones arawak que se asentaron en la península y que, con el tiempo, desplazaron o integraron a otros grupos indígenas mencionados en las crónicas coloniales como guanebucanes, eneales o cuanaos. En la Sierra Nevada, por su parte, permanecieron los wiwa en relación espiritual y cultural con kogui, arhuacos y kankuamos. A esa memoria originaria se sumaron después los españoles y los africanos traídos a la fuerza, abriendo una larga cadena de migraciones que nunca se ha detenido.
Riohacha se ganó un nombre que refleja su esencia: “La mestiza del Norte”. Su historia está hecha de mezclas. Con los perleros llegaron andaluces, extremeños y canarios, junto a indígenas esclavizados. Más tarde arribaron comerciantes vascos y catalanes, ingleses y holandeses por la vía del contrabando. Siglos después llegaron árabes, judíos e italianos que escapaban de guerras y crisis, así como republicanos españoles y otros refugiados europeos que hallaron aquí un destino. En tiempos recientes, miles de venezolanos han transformado la vida cotidiana de barrios enteros.
Pero no solo han sido extranjeros. Riohacha se pobló también con colombianos de distintas regiones: familias que huyeron de la violencia bipartidista, campesinos del Magdalena, Cesar y Atlántico atraídos por la sal, el carbón y otras fuentes de empleo, desplazados del conflicto armado reciente que levantaron barrios en la periferia, y jóvenes que hoy llegan a estudiar en la Universidad de La Guajira o a trabajar en proyectos de infraestructura. Cada ola migratoria fue dejando acentos, costumbres y maneras de ver el mundo.
La fuerza de atracción de Riohacha está en su condición de puerto y frontera. Aquí confluyen el río y el mar, lo que abrió la puerta al comercio, al tránsito de pueblos y al encuentro de culturas. Primero fueron las perlas, luego la sal y el carbón; cada bonanza buena o mala llamó a nuevos actores. Pero más allá de la economía, la ciudad se convirtió en espacio de servicios, educación y símbolos. Esa es la razón por la cual tantos llegaron: porque aquí hallaron un punto de apoyo, un lugar para sobrevivir a la guerra, para comerciar, para educarse o para empezar de nuevo.
Esa historia de mestizaje contrasta con prejuicios que aún persisten. No tiene sentido pensar la ciudad como propiedad exclusiva de los “raizales” ni sostener expresiones despectivas como “jurgas”, “mitios” o “cachacos”. Cada migración ha traído consigo progreso, nuevos saberes y una forma distinta de pensar. Riohacha es un tejido de culturas donde se cruzan músicas, lenguas, costumbres, prácticas comerciales y modos de organización social.
Hoy sigue transformándose con cada llegada. Somos frontera viva, un territorio donde los flujos humanos no se detienen. Por eso resulta acertada su elección como sede del Foro Mundial de Migración. Pero esta sede no puede ser un trofeo vacío: debe servirnos para reflexionar sobre lo que verdaderamente somos. Una sociedad construida gracias a la migración: de indígenas, árabes, republicanos españoles, judíos, campesinos, costeños, técnicos, estudiantes y venezolanos que hoy comparten calles y plazas. Todos han hecho de Riohacha una ciudad diversa, mestiza y en permanente construcción.
El reconocimiento no debe limitarse a un sector en particular. Lo merecen tanto quienes, desde lejos, siguen expresando su sentir riohachero, como quienes, en el día a día, construyen ciudad desde distintos orígenes. Desde la raíz indígena hasta las familias que llegaron en busca de comercio o refugio, y los que hoy estudian o trabajan aquí: todos forman parte de la trama social que sostiene y renueva a la ciudad.
Por eso es imprescindible un discurso público incluyente, capaz de reconocer la diversidad que nos habita. En la memoria de un migrante siempre quedará algo de dolor por la tierra que debió dejar, pero también la certeza de que hay que echar raíces en una nueva, que en este caso es Riohacha. La ciudad se fortalece cuando asume esa mezcla de nostalgias y esperanzas como parte de su identidad. Y si algo nos enseña esta historia es que Riohacha no se explica sin migraciones. Reconocerlo no es una opción: es la condición para que la ciudad pueda ser hogar y orgullo de todos.
*Investigador Doctoral Universidad del País Vasco. Riohachero, migrante e hijo de migrantes.