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Entre la soberanía y la presión: el pulso político entre Colombia y Estados Unidos

Por: Redacción La Prensa
11 noviembre, 2025
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Entre la soberanía y la presión: el pulso político entre Colombia y Estados Unidos

La crisis actual entre Colombia y Estados Unidos exhibe una ruptura profunda en lo que alguna vez fue considerada una alianza estratégica confiable. Bajo el mandato de Gustavo Petro, Colombia ha dado muestras de definir una agenda autónoma que difiere cada vez más del enfoque tradicional pro-estadounidense en la región. Por su parte, la administración de Donald Trump responde con dureza: sanciones personales, amenazas de tarifas y una retórica beligerante respecto a la cooperación en seguridad y narcotráfico.

En el núcleo del conflicto se hallan tres ejes clave. Primero, el tema del narcotráfico: Washington acusa a Bogotá de no cumplir con los compromisos de reducción del cultivo de coca y aumenta su presión al decertificar a Colombia como aliado fiable en la guerra contra las drogas.   Segundo, la soberanía y uso de fuerza: los bombardeos de embarcaciones en aguas que Colombia considera propias han sido denunciados por Petro como violaciones inaceptables.  Tercero, la inmigración: el bloqueo inicial por parte de Colombia de vuelos de deportados y la insistencia de EE.UU. con una política de “mano dura” desencadenaron amenazas de aranceles del 25 % sobre bienes colombianos.

Desde una perspectiva editorial, cabe decir que el pulso entre ambos mandatarios ejemplifica una tensión creciente entre un modelo tradicional de dependencia con EE.UU. y una nueva voluntad de los países latinoamericanos de asumir mayor autonomía. Colombia, con Petro, parece querer recalibrar su papel internacional —incluida su relación con China y la iniciativa de diversificar socios—, lo que choca frontalmente con la histórica hegemonía estadounidense en la región.

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Pero esa autonomía tiene costes. Para Colombia, alejarse de EE.UU. puede implicar pérdida de ayuda clave, de cooperación en seguridad y de acceso preferencial que beneficiaba su economía. Para EE.UU., tratar a un aliado tradicional como un adversario palpable debilita sus redes de influencia, crea incertidumbre geopolítica y abre paso a potencias emergentes que aprovecharán el vacío.

Mi opinión: el error más grave de ambos lados ha sido dejar que la comunicación se degrade en acusaciones personales (“traficante de droga”, “soberanía violada”, etc.) y amenazas públicas, en lugar de negociaciones discretas que reconozcan los intereses legítimos de cada parte. La soberanía de Colombia y su voluntad de recordar la dignidad de sus ciudadanos son legítimos; la preocupación por el narcotráfico y la seguridad de EE.UU. también lo son. Pero el choque de egos y la escalada retórica no benefician a ninguna de las partes, y mucho menos a los ciudadanos.

Para avanzar, se requiere restaurar el diálogo diplomático, separar la confrontación personal de los mecanismos institucionales y renegociar una alianza más horizontal, basada en respeto mutuo y objetivos compartidos reales. Si no, corremos el riesgo de que América Latina ya no vea a EE.UU. como un aliado fiable y de que Colombia pague el precio de un distanciamiento que podría haberse evitado.

 

La Prensa

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